domingo, 20 de mayo de 2012

Capítulo 6 - Bartels



          Anoche soñé con Bartels. El murió el veintiuno de diciembre del 2001. El país se incendiaba, el presidente huía en helicóptero y en el centro de la ciudad mataban y reprimían. Mientras pasaba eso yo estaba en mi casa, desconsolado, enterrándolo a él. 

Mi perro fue mi mejor amigo por años. Su silencio, sus miradas, su ladrido y la alegría innata eran legítimos, desinteresados, sabios y contenedores. Lo extraño hasta las bolas.

            Durante sus últimos diez años de vida lo saqué a pasear todas las noches. Él no te perdonaba una. Si volvía borracho a las cinco de la mañana, tenía que sacarlo; también si llegaba a medianoche después de trabajar y estudiar. Lloviera, granizara o hiciera tres grados bajo cero.  Todas las noches por diez años. No me dejaba opción, sino me volvía loco, ladraba, se subía a la cama, metía mucha presión y terminaba logrando su objetivo. Lo sacaba porque lo quería mucho y sabía que él era fanático de la calle, pero también porque el paseo era mi momento de reflexión diaria, donde las cosas cotidianas no importaban. 

            Evaluaba estudiar una carrera o largarme directo a trabajar, y Bartels olía por diez minutos el mismo arbusto sin moverse. Pensaba en cómo actuar frente a la compañera de facultad que me gustaba, y Bartels corría un gato y se quedaba mirando desafiante desde la base del árbol donde el otro había subido. Recordaba la risa de mi papá fallecido esa semana, y Bartels caminaba más a mi lado que nunca. Extrañaba a mi hermana que se había ido a vivir a EEUU, y Bartels se olfateaba con una perra callejera muy simpática.

            La noche antes de morir pegó la vuelta a la mitad del paseo y regresó a casa. Antes de llegar volteó para ver si yo lo seguía y avanzó seguro hasta la puerta de entrada. No lo entendí, era la primera vez que hacía algo así. Siempre quería pasear más. A la mañana siguiente murió de un paro cardíaco en el jardín de mi casa. Había tenido suficiente. De aspecto y espíritu siempre fue joven.

            Anoche soñé con Bartels. Estaba muy flaco, demacrado. Yo llegaba a la oficina luego del feriado de año nuevo y él estaba ahí, esperándome, con la vista agotada pero sin reclamos. Débil por no haber comido durante cuatro días. Yo lo miraba culposo y me recriminaba haberlo dejado fuera de casa tanto tiempo. Le daba de comida y le cambiaba el brillo de los ojos, tomaban más vida, le cambiaba la intensidad y el color del pelo, se regeneraba y se convertía en el Bartels de siempre. Lo miraba tranquilo mientras él comía y sentía muchas ganas de sacarlo a pasear. 

            Lo extraño hasta las bolas. Necesito un espacio donde pensar en lo importante. Necesito un amigo que sólo me pida un paseo diario a cambio de todo lo que pueda dar.

martes, 1 de mayo de 2012

Capítulo 5 - Luna se fuma uno enorme, el ciego no se ve y el paciente jamaiquino se asfixia mientras se comen una Milanesio



Salgo a cualquier hora de la oficina y encaro para el Luna Park. Camino. La ciudad es un infierno por el paro de subtes, o quizás siempre la ciudad sea un infierno, con la suerte que a veces podemos justificarlo. Somos víctimas de que en ciertos momentos la ciudad sea una basura, y no es que nuestra ciudad es una porquería por nuestra culpa. El ataque filosófico políticamente correcto me molesta conmigo mismo y me alegro que sea un pensamiento y no una charla con alguien. Paso por el edificio de IBM, el equilibrio de cemento da vértigo, parado justo abajo. Imagino que se viene encima. Cierro los ojos y espero que estalle en mi cara. Sigo por Alem y al cruzar Córdoba hay un tipo en la esquina que vende posters en el piso. Hay uno de Marcelo Milanesio ¿Odiará a Ginóbili y la generación dorada que hicieron que él, Campana, Montenegro sean un recuerdo pitufo?
La calle es una fauna: Yuppies (que van a Retiro a tomar el tren), minitas ejecutivas (que empiezan con la crisis de cómo continuar sus carreras y ser madres), administrativos rasos (¿los más felices? No), tipos de otra época (con bigote, trajes claros y zapatos marrones), motoqueros (suicidas), vendedores ambulantes (¿de donde salen las cajas de mentitas?), limpia vidrios (comandos alienígenas), recepcionistas (siempre fuertes), turistas con pantalones de trekking (muy obvios, aburren), turistas europeos (con su buena onda progre integrándose a la fauna Latinoamericana), más turistas (sanguijuelas del tipo de cambio favorable), gente que se parece a gente: un símil Reutemann, un símil Jean Pierre Noir, un símil Puma Rodríguez (¡es igual!), una símil Ethel Rojo (o lo que ella representa).

Voy al Luna Park a ver Alpha Blondy. Festival “no sé que gilada” de Reagge. Apenas entro, desde el escenario, el hijo de Peter Tosh hace una apología barata de la marihuana. Después del hijo del wailer toca un grupo brasilero. Flojo. El sonido es bien malo. El violero y el baterista son ciegos. Me encuentro con mis amigos. Poli es del entorno de Ibarra, gracias a él viví de cerca el affaire Cromañón. Supe de las miserias de Ibarra y las de la oposición. Me enteré de cómo jugaban al póker por los puestos cuando Ibarra estuviese destituido. Se repartían el cadáver con un canibalismo snob. También me encontré con Diego que es trabajador social y se especializa en la recuperación de drogadictos. Apenas me ven me pasan un porro, después saludan. Días después de lo de Cromañon vine al Luna a ver a Goran Bregovic, por los altoparlantes insistían hasta el cansancio que estaba prohibido fumar (tabaco) por cuestiones de seguridad. La gente lo respetaba. ¡Hoy el peligro acabó! Todos fumamos. En pocos meses nuestros problemas se solucionaron. ¡Alabado sea el señor! La imbecilidad generalizada me revuelve el almuerzo. Miro las salidas y veo canas, a metros de ellos hay gente con un porro en la mano. Somos un país moderno y tolerante. Me siento en Ámsterdam. Me siento un pelotudo. Termina la banda brasilera (segundos antes de dejarme sordo), el cantante se manda un set de demagogia comprado en Sprayette. La gente estalla de emoción a cada frasecitas. Empiezan a desarmar el set y se olvidan al violero ciego. Queda parado al costado del escenario, como estatua. El público se sienta en el piso y arman una nueva tanda de porros. La escena del abandono dura una eternidad. Empiezo a ponerme mal. El flaco mete un chiflido y un plomo de la banda lo ve, se acerca y se van de la mano. Treinta y cinco minutos y mil porros después, arranca Alpha Blondie. Una amiga médica que encontré me cuenta cómo había salvado la vida a un paciente. Le sacó los puntos metiendo los dedos en el cuello para sacar los coágulos que se le habían formado al tipo y así liberó lo que estaba asfixiándolo. Pero la anécdota no era haber salvado una vida, sino que lo contó porque cuando le avisaron que se moría un tipo tuvo que ir corriendo a la sala, y al entrar a toda velocidad (“donde había cincuenta camas por lo menos”) se cayó y se pegó un golpe terrible. Voló la cofia, el celular, el estetoscopio. Este era el motivo de la historia, “La caída” y no los coágulos, la asfixia y la vida salvada.
Alpha Blondie diez puntos. Cuando salgo del Luna Park sé que ya tuve mi dosis de Rasta Filosophy hasta dentro de mucho tiempo. Al salir a la calle soy un mar muerto. Tomo un taxi hasta el estacionamiento del laburo y vuelvo a casa manejando jugadísimo.

viernes, 20 de abril de 2012

Capítulo 4 - Qué buena tarde para fumarse un porrito, ser un chorrito, un pajarito

Antes de volver a la oficina paso por Zungaria, un localcito de cosas brasileras que queda en la calle Florida. El Negro Lazao, que es tan brasilero como yo chino, atiende el lugar. De fondo suena el disco “Perto de Deus” de Cidade Negra. Está hablando por teléfono. Seguro con una minita por la forma en que pasa la melena, trenzas de polietileno, de un lado al otro. Y por la voz susurrada. Me ve y hace el signo surfer. Espero que corte mirando unos discos. Elijo uno de Charlie Brown Jr., unplugged de MTV y lo meto en el bolsillo de mi saco. No tienen ningún tipo de seguridad (robé varios). Les pegan una banda metálica para aparentar que tienen alarma. Lazao corta.

— Me llevo lo que te pedí.

Pone actitud Tony Montana y saca un paquetito del cajón del mostrador, con un sigilo exagerado me lo pasa y dice:

— De lo melhor —pone cara de perro que acaba de traer el diario al amo.

—Perfecto —huelo el faso — ¿Planeando algún viajecito surfer? —Le encanta fantasear y pregunto para descontracturar el ambiente que se genera aunque la transacción sea tan boluda. Le brillan los ojos y contesta entusiasmado:

—Al fin Lazao va a la tierra prometida

— ¿A Babilonia? — Hay olor a encierro en este sucucho — ¿O era Etiopía?

—No, mim voy a Hawaii, a surfear a la cuna do sporte, la Meca surfi, al paraíso terrenal.

— Traeme los discos que consigas de Jack Jhonson — me gusta perder el tiempo.

— Claro, vos sos meu amigo, lo que queiras —. El perro baja la cabeza y mueve la cola.

— Bueno, vuelvo al laburo, cuidate.

Cuando salgo empieza a sonar una alarma, me toma por sorpresa, me doy vuelta y levanto las manos. Pongo cara de “me agarraron” y río.

— Andá, el bobo del dueño que ahora se quiere hacer el tecnológico puso isa porquería de alarma que no anda, debe ser tu celular. Andá tranquilo.

Le hago el gesto surfer y salgo del local un poco agitado.

Acelero el paso para llegar cuanto antes a la oficina. Soy un gangster ligth caminando por Buenos Aires.

lunes, 9 de abril de 2012

Capítulo 3 - K se duplica y De la Sota homenajea al sargento cual amigo mamado

De afuera el Tokio parece un lugar abandonado, en pleno Centro, frente a Radio Continental (o Nacional). La fachada es una reja baja, bien antigua. Golpeo la puerta y asoma uno de los pingüinos. Los pingüinos son dos hermanos que hacen de seguridad, les dicen así porque caminan recto como si tuvieran una madera en la espalda, usan traje negro con camisa banca y encima son un poco bizcos. Enseguida que los vio, Bubu dijo: “¿Qué son, los hijos de Néstor?”. Y a partir de ese momento quedaron bautizados. Abre Bruno Pingüino, lo saludo con una palmada afectuosa.

Cassidy está sentado en una mesa al lado del escenario, habla con un tipo que luce un quincho estilo De la Sota. Miro el escenario y una flaca desganada baila The Vampire Song de Concrete Blonde. No sincroniza con el ritmo de la canción, me recuerda a Sonia Bragueti.

Saludo a Cassidy, a De la Sota y me siento en la mesa con ellos. De la Sota sigue hablando como si yo nunca hubiera ingresado en la escena, y dice muy entusiasmado:

— ¿Mentendés Cassy? lo que quiero proponer en la Legislatura es que a todos los que tengan apellido Cabral se les pague la jubilación máxima aunque nunca hayan hecho aportes, y ¿sabés por qué? El Sargento dio la vida por la Patria, más aún, por el Padre de la Patria, y como Estado no tuvimos oportunidad de agradecerle, entonces debemos compensarlo a través de sus descendientes, ya sean directos o indirectos, ¿la agarrás hermano? — concluye orgulloso.

Pregunto sin preámbulos:

— ¿Chequeaste que Cabral tuviera hijos?, ¿cómo sabemos que dejó descendencia?, ya sea “directa o indirecta”.

De la Sota me mira y dice:

— ¿Vos quién sos?

— Ulises Dumont, con 30 años menos, algo más de pelo, menos panza, pero la misma magia— respondo.

Me manda a la mierda, le dice a Casidy que mañana lo llama, se levanta y se va. Casidy pone cara de “a mí que me mirás”, y pregunta con su tonada boliviana:

— ¿Me quieres decir quién es el sargento Cabral?

De fondo suena “There was a time” de Fun Loving Criminals y sale una nueva chica a bailar. Casidy me cuenta que el nuevo encuentro de los Payasos Blancos va a ser en San Telmo, en EEUU y Bolívar, en la terraza de un PH que en el frente tiene una pintada en aerosol que dice “La Odisea”. El uruguayo Da Cruz le pidió que me avise que hay que ir sí o sí. Hablamos un rato del bajo nivel de las nuevas chicas del Tokyo. Pedimos una picada y una cerveza.

Pienso en el uruguayo, personaje con familia de plata, pero más sencillo que una hoja en blanco sin renglones. Se cansó de esa vida y empezó a viajar. Lo conocí en Playa del Carmen ocho años atrás. Trabajaba de mozo en un barcito sobre la playa. Tequila va, tequila viene, dijo cuando estábamos bastante borrachos:

— Estás como en casa ajena, nómades van sin bandera, libres e iguales dejan la escena.

— ¿Qué? — tomé un shot de tequila.

— ¿No sentís que tu vida no es tuya? — Aclaró —, yo sí, me despojé de todo y con lo mínimo recorro el mundo, nada me ata a nada, nadie me ata a nadie, así soy igual a cualquiera y cualquiera es igual a mi, soy libre y cuando mi libertad o mi igualdad peligran me voy. Así mantengo mi condición eterna de nómade sin bandera.

— ¿De qué hablas yorugua borracho?

—De los Payasos Blancos.

Saludo a Casidy, voy a volver un rato a la oficina. Arranca un tema de Miranda, miro para el lado de la barra, busco con la vista al Polaco, el Dj, y le bajo el pulgar. Se ríe y saluda. En la puerta Bébe Pingüino está haciendo valer el derecho de admisión de manera no muy amigable a dos turistas.

Me guiña el ojo virolo cuando salgo.

domingo, 1 de abril de 2012

Capítulo 2 - Bubu deja a Yogui y se va a jugar con las termitas

Miro ausente a mi jefe mientras habla. Se queja porque no tengo palabra, no cumplo con lo que prometo, soy fresco con los horarios (dice fresco), y que bla, bla, bla. Soy Casius Clay golpeado por un niño de 10 años.

Me mira serio y dice que en mí no se puede creer. Entonces, pienso, soy increíble. Correcto, gime Susana Gimenez a mi oído.

— Tenés razón, voy a hacer un esfuerzo.

Lo único que quiero es que se calle y me deje en paz. Lo logro.

—Tengo una reunión —. Digo a la recepcionista (que está muy buena), y arranco para el Tokio.

El Tokio es un cabaret donde suelo encontrar a Casidy. Me tiene que confirmar dónde es el próximo encuentro de los Payasos Blancos. Podría llamarlo, pero hace dos horas que estoy en la oficina y tengo suficiente.

Su apodo surgió porque es rubio, inteligente para el mal, y boliviano.

Decimos que deriva de alguna rama del árbol genealógico que dejó Butch Casidy cuando pasó por Bolivia. El apodo lo puso Bubu (palabras mayores en la materia).

Antes de ir al Tokio voy a pasar por el kiosco de Bubu a charlar un rato. Él es socio del Tokio y unos vales para tragos me van a venir bien. Él es uno de los Payasos Blancos más antiguos. Una voz escuchada aunque no sea el jefe. Todavía. Heredero al trono. Siempre cuenta historias de cuando estuvo en el Regimiento de Patricios, durante sus años mozos. ¿Cuándo fueron sus años mozos? Ni idea, como la Chiqui Legrand, no dice su edad; solo aproximaciones. Una de esas personas que tienen mil anécdotas de dudosa veracidad, pero que si indagás terminan siendo ciertas. Yo nunca me olvido la historia de las termitas.

De la época del regimiento le había quedado un gusto por las armas. Tenía varias. Una vez estaba en la casa solo (nadie sabe dónde ni con quién vive, si es departamento, casa o carpa) y sonó el timbre. Abrió de confiado, sin preguntar, y se le tiraron encima dos ladrones. En este momento del relato siempre pregunta al que está escuchando:

— ¿Sabés que son las mastabas?

Obviamente nadie tiene idea de qué habla, y orgulloso responde:

— Los sepulcros reservados para funcionarios y cortesanos en el antiguo Egipto.

Nunca supe a qué viene esto, nadie preguntó, yo no pregunté, ahí quedó. Bubu es así, cuando cuenta algo hay que callarse, escuchar y asombrase cuando uno tiene la sensación que hay que asombrarse; reírse cuando él se ríe. Espero el día en que pregunte: “¿Sabés que son las mastabas?” y el otro responda como si fuese algo obvio: “Los sepulcros reservados para funcionarios y cortesanos en el antiguo Egipto”, imagino que acto seguido Bubu mata al que contestó bien y después se suicida. Así es, a todo o nada.

Los dos chorros, lo empujaron al suelo, y cuando entraron uno de ellos agarró un rifle de Bubu que estaba apoyado sobre una mesa esperando ser limpiado (una de sus obsesiones, limpiar las armas). El del rifle lo apuntó y el otro, con su propia arma en mano, empezó a dar vuelta la casa.

— ¿Dónde está la teca? — lo interrogó —. Hablá que si no te quemo. ¡Dale, hablá!
— ¿Esa remera es del Inter o del Atalanta? — dijo Bubu abstraído.
— ¿Qué mierda estás hablando? ¿Yo qué sé? — Contestó alterado—, ¡la plata papá, decime de la plata!
— ¿Sabías que el Peñón de Gibraltar está lleno de monos?
— ¡Eh, Franchi! ¿Encontraste algo? —gritó —. Este se hace el boludo, o está re loco ¡Apurate! Y vos, dejá de hacerte el gil porque te quemo, te quemo en serio papá.
— ¿Que me llamás por mi nombre? Te voy a cagar a trompadas ¡Averiguá dónde hay plata y relojes! —contestó el otro, también alterado.
—Tenés un aire a Luis Brandoni —dijo Bubu.
— ¿Te creés muy vivo vos, no? ¿A ver qué tan vivo sos? ¡Cagaste! — disparó el rifle qué estalló en sus manos.

Gritó como loco. Había sangre por todos lados. Cuando el otro entró corriendo a la habitación, Bubu ya tenía en la mano una nueve milímetros y le disparó dos veces. Lo desarmó y llamó tranquilo a la policía.

Al terminar de contar la historia te pregunta: “¿Sabés por qué explotó el arma?”, y responde orgulloso: “Termitas, ese rifle lo tenía afuera del armario porque lo estaba curando de las termitas”. Te da un par de vales de tragos para el Tokio y se va a hacer otra cosa, como si hubiera contado que esa mañana renovó el documento.

Kiosco de Bubu, mínimo diálogo con su empleado porque él no está, unos Gitanes Blondes, chicles sueltos y al encuentro de Casidy.

jueves, 22 de marzo de 2012

Capítulo 1 - Las entradas son la salida del ego

Las entradas me están matando. Ya no se cómo acomodar el pelo para taparlas.

— ¿Sabés qué es lo único que frena la caída del cabello? — preguntó mi médico clínico cuando consulté el tema.
— ¡No! — Me adelante en la silla para escuchar la salvación.
— El piso —. Rió con la boca abierta, en la parte interior de los labios tenía una pastita blanca, como queso untable. Contuve las ganas de fajarlo.

Existen unas pastillas para controlar la caída del pelo. Con una sutil contraindicación, te dan impotencia. ¿Existirá algún día el laboratorio que invente pastillas que reduzcan de peso y a la vez inhiban la expansión de los pelos en las orejas? ¿O te curen el cáncer y residualmente te den aliento a frutilla con melón?

Pienso en pelados. Que la lleven bien sólo me viene Bruce Willis. El resto desbarranca: Zeta Bosio en su etapa de sombreros exóticos, mi profesor de historia del secundario con tres pelos en la nuca peinados para adelante, Larry de los tres chiflados. Me empiezo a deprimir.

Implante capilar. De Indio Solari a Elvis Presley en un día. Paso.

Opción raparse descartada. Siempre viene acompañado de algo más: o bohemios con boina del mayo francés, o violentos con remera negra agujereada, o gays con pañuelito de seda al cuello, o introvertidos con anteojos de marco rojo, o Jefes de Gobierno que les patina la erre. O lo peor, que venga acompañado con el apodo “pelado”.

Quincho, impotencia, pseudocool, peinados imposibles.

Me pongo gel, acomodo las tejas y arranco para la oficina sin ganas.

Antes de salir vuelvo a mirar el espejo. Las entradas me están matando.

martes, 5 de julio de 2011